Mi Experiencia en el WIM 2019

Por Darío Gómez

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Este año tuve la suerte de poder formar parte de la sexta edición del festival What Is Music, más conocido como WIM. Se trata de un festival de música y artes de diez días de duración que es a la vez un lugar para compartir, aprender, crear y disfrutar de las artes escénicas.

Tiene lugar en Frías, provincia de Burgos, la ciudad más pequeña de España que casi hace frontera con La Rioja y el País Vasco. Es una localidad preciosa rodeada de ríos y cascadas sobre los que está construido un puente medieval. Merece la pena también visitar la calzada romana o las peculiares casas colgantes, aunque sin duda, la joya de la corona es el Castillo de Frías, construido en el siglo XII, que imprime su magia a los conciertos que alberga.

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Dos amigas mías fueron al WIM el verano de 2018 y se quedaron completamente enamoradas. Me insistieron en que me encantaría conocer el festival y que debía presentarme a la convocatoria para la selección de talleres para presentarme como formador de Teatro Playback, pero no pude hacerlo porque en ese momento tenía una carga de trabajo excesiva y no pude gestionarlo.

Me había olvidado del tema hasta que me llegó la noticia de que iba a tener lugar la edición del 2019. Escribí a la organización y, aunque las entradas estaban agotadas, había una plaza para trabajar en el voluntariado de cocina que acepté con mucho entusiasmo.

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Cuando llegué allí me encontré con el equipo de cocina del restaurante vegano sobre ruedas Boom Boom Rest y los voluntarios. El tiempo compartido con ellos en cocina fue maravilloso. Aprendí muchos truquitos de cocina en un ambiente de trabajo ejemplarmente sano, constructivo y familiar.

El gusto de compartir el tiempo de voluntariado con gente que hace que las cosas funcionen a la vez que nos sintamos bien se colmaba sirviendo a comida a los 250 participantes del festival, que recibían lo que les servíamos con sonrisas, simpatía y mucho agradecimiento.

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Ver a 250 personas sonriendo y transmitiendo una sensación tan bella me hizo intuir que la organización del festival estaba haciendo algo extraordinariamente bien para poder lograr construir un ambiente tan bueno como este.

Trazas de este ambiente espectacular de respeto, cariño y confianza pudieron vislumbrarse desde que mis amigas me recomendaron participar en el festival o desde que Claudia, una de las organizadoras, me respondió al correo electrónico con una dedicación y una amabilidad excepcionales, pero vivirlo es otra cosa.

Lo viví en la espiritualidad acogedora del concierto de Lunazar. Lo viví al subirme al escenario en la muestra de Seward, grupo interesantísimo que, por cierto, aprovecho para recomendar y recibir varias felicitaciones muy cariñosas por mi papel en la actuación. Lo viví al llorar como una magdalena en el concierto de Marta Gómez y recibir el abrazo y el cuidado sensible de una persona a la que había acabado de conocer. Lo vivimos todos los que tuvimos el privilegio de estar en Frías esos días, y creo que cualquiera que estuviera allí y me lea puede entender más profundamente que nadie a qué me refiero.

Después de esta vivencia tan especial y positiva me hace plantearme si esto es un festival de música y artes o es algo más. ¿El festival trata realmente sobre música? O, me planteo realmente… ¿Qué es música?
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