Tinariwen, o el llanto del desierto

Por Carlos Sastre

Ténéré, tienes mi palabra,

que mientras viva,

siempre acabaré volviendo a ti”

Sastanàqqàm – Tinariwen

Un bajo obstinado acompañado por una tenue percusión tribal suena mientras los maestros enrollan los turbantes a sus aprendices. Estos, ya dispuestos y armados con sus guitarras eléctricas, aguardan solemnes ante un mar de dunas el final del estribillo. De pronto, rompe un potente riff de guitarra que nos precipita en un viaje sobrevolando las ondulaciones del Sáhara. Estas sensaciones se agolpan la primera vez que uno ve el videoclip de Sastanàqqàm, del grupo maliense Tinariwen (en este punto, recomiendo al lector que antes de proseguir la lectura se apresure a ponerse de fondo esta canción).

Escuchar a Tinariwen es, en cierto modo, escuchar el “quejío” del pueblo tuareg (sin enterarse uno de nada, ya que el grupo canta en su lengua natal, el tamasheg). Su estilo comenzó a fraguarse durante el exilio de sus fundadores en Argelia y Libia. Edificando sobre los cimientos de su propio folklore, e influenciados por los nuevos sonidos a los que se ven expuestos – desde músicos árabes locales a James Brown o Boney M. -, comenzarían a grabar sus primeros casetes. Estos recorrerían las comunidades tuareg a través del Sáhara, viajando de mano en mano. Y conectarían de inmediato con una generación desarraigada. Y es que, a diferencia de los cánticos tradicionales, Tinariwen no escriben sobre viejos guerreros y leyendas olvidadas. Sus letras hablan de los anhelos del pueblo tuareg, de sus conflictos y de su lucha. Lucha en la que algunos de los integrantes del grupo participaron de primera mano. El líder de la banda, Ibrahim Ag Alhabib, presenció la ejecución de su propio padre durante la dura represión que el gobierno de Mali ejerció sobre los rebeldes tuareg durante los años 60. Más tarde, y tras recibir entrenamiento militar en Libia, él y otros integrantes de Tinariwen tomarían las armas en una nueva revuelta a principios de los 90. Tras firmar la paz con las autoridades malienses, el grupo cambia definitivamente la kalashnikov por guitarras, aunque hasta hoy siguen cantando sobre la tragedia de los tuareg.

Y, por supuesto, también cantan al desierto. La palabra “Ténéré” (desierto, singular de tinariwen) se repite insistentemente en los títulos de sus canciones y, para el oído atento, también en sus letras. Un desierto que siempre fue el sustento del pueblo tuareg y que hoy, en palabras de Tinariwen, “se ha convertido en una tierra de espinas”.

Tinariwen no son, desde luego, unos desconocidos. Por el contrario, desde principios de este siglo gozan de amplia popularidad y de una ajetreada agenda de conciertos. Pero sigue habitando en ellos la semilla de lo auténtico. Su sonido entronca directamente el folklore tuareg con los orígenes del blues, el rock and roll y Jimi Hendrix. Los “roqueros del desierto”, como se ha empeñado en bautizarlos la prensa occidental, llaman a su estilo assouf, nostalgia en tamasheq. Nostalgia por un estilo de vida que poco a poco se esfuma, y por un desierto al que siempre acaban regresando.

 

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