Mis estúpidas reflexiones sobre el “coming of age”

Por Jorge Casas

Nota: este artículo no tenía pensado ser escrito, pero por algún lado tenía que salir.

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Me llamo Jorge Casas Estévez y tengo veintiocho años. También soy idiota. Tan
idiota como para que después de dos días de documentación y redacción haya
decidido borrar un artículo y escribir otro para dar la murga. Y todo porque me
siento viejo. Me acerco a los treinta años y cada vez cuesta más echar la vista hacia
atrás. Pero al mismo tiempo sigo teniendo mucho futuro por delante y me siento
confuso.

En un post anterior, mi compañero Sergio Llauger explicaba como repasar su
filmoteca le servía para despertar emociones. Tras leerlo, reflexioné acerca de mis
preferencias artísticas y su razón. Concluí que muchas de mis experiencias como
consumidor y espectador dependen de mi estado de emoción y capacidad de
identificación. Si me gustó aquel concierto de Bob Dylan en el Ifevi fue porque
acudí con la chica que me gustaba y nos abrazamos escuchando Like a Rolling
Stone. Si prefiero a Spiderman que a Batman es porque me identifico más con un
chaval que pasa apuros en el instituto que con un millonario psicópata.

Mi artículo inicial trataba sobre Stone Juction y como reventaba las normas de la
novela de formación. Éste género, que trata sobre la evolución y formación de un
personaje, nace oficialmente con Los Años de Aprendizaje de Wilhelm Master, de
Wolfgang Goethe pero no es difícil ver embriones en la novela picaresca o algunos
mitos griegos. A día de hoy es la columna vertebral de la narración de historias.
Pensad en sagas juveniles como Los Juegos del Hambre o Harry Potter. Seguimos
consumiendo el mismo modelo de historias milenio tras milenio y es porque no
hemos cambiado nada. Seguimos siendo monos confusos buscando calor, tan solo
que esta vez pantallas y no en hogueras.

En el inicio del artículo os comenté que me sentía viejo. Pero me siento viejo en
términos temporales. En mi fuero interno, sigo teniendo las mismas
preocupaciones y emociones que en secundaria. No me preocupa suspender un
examen, pero sí alcanzar el mínimo de ventas en mi trabajo. Las paredes de mi
intestino siguen sonando igual al cagarme de miedo y ansiedad. Y por lo mismo
sigo teniendo miedo al futuro. No me preocupa no llegar a la universidad, pero sí no
poder pagar el alquiler. Heráclito se equivocó. Nada cambia, todo permanece.

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