El reino de Pala

Por Carlos Sastre

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Hubo un tiempo, hace ya unos años, en que me dio por aprender sobre desarrollo, intentando entender por qué algunas sociedades prosperan mientras otras parecen abocadas al perpetuo fracaso. Para ser sincero, no saqué demasiado en claro, pero por el camino me topé con el maravilloso mundo de las utópías y distopías. Un ejercicio de ficción en el que se presenta la mejor y la peor sociedad imaginable. Aunque hace ya un tiempo que abandoné esos géneros, sigo encontrando algo fascinante en esos futuribles de pesadilla y esos presentes idealizados. Por mis manos pasaron clásicos de la distopía como 1984 de George Orwell, o Un mundo feliz de Aldous Huxley. También alguna ucronía, como El hombre en el castillo (donde la premisa es que el Eje ganó la guerra mundial y el territorio estadounidense se ha repartido entre Alemania y Japón).

Y también me topé con La Isla, una obra menos célebre (o eso creo) de Aldous Huxley. Se trata de su última publicación en vida y la culminación de su pensamiento acerca del devenir de la modernidad. Si Un mundo feliz nos presenta una sociedad decadente y banal, La Isla trata de una utopía imposible. El imaginario reino de Pala es un territorio insular situado en algún lugar de la Polinesia, que camina ajeno a la vorágine del crecimiento económico de posguerra. En su lugar, la política nacional está dedicada a permitir a cada individuo su autorrealización, en una sociedad regida por un pastiche a caballo entre el espiritualismo budista y el anti-materialismo. Una espiritualidad cuya exploración se incentiva a través del consumo de alucinógenos (Huxley era un ávido consumidor de LSD y otras drogas como el peyote, y escribió sobre ello en “Las puertas de la percepción”). Este uso de las drogas para el autoconocimiento contrasta con el fin alienante que tenía el soma, la droga de control social distribuida en Un mundo feliz.

Acechada por poderosas potencias continentales que anhelan sus recursos (Pala cuenta con grandes reservas de petróleo), la isla ha elegido voluntariamente detener su industrialización, tomando solamente aquellos elementos de la modernidad que le resultan convenientes, y desechando el resto (utilizan, por ejemplo, los últimos avances en medicina y nutrición). En palabras de uno de los protagonistas de la novela Robert MacPhail: “Elegimos adaptar la economía y la tecnología al ser humano, y no al revés”. En este sentido, la sociedad ha elegido, asimismo, controlar la natalidad, a través de la distribución de anticonceptivos de uso voluntario, para adaptar su crecimiento a la disponibilidad de sus recursos. Practican también un tipo de eugenesia, aplicando la inseminación artificial para seleccionar los mejores genes de la isla y mejorar las capacidades de las nuevas generaciones. Algo parecido ocurría ya también en Un mundo feliz, pero con un cariz más oscuro. La concepción se realizaba en laboratorios, eliminando cualquier cariz afectivo y seleccionando los genes de los individuos más estúpidos y enfermizos. El objetivo: crear seres humanos de corta vida, reemplazables y sin más inquietud que la búsqueda del placer.

Igual que en la distopía de Huxley, el concepto tradicional de familia también se difumina en Pala. Pero en vez de buscar la eliminación del individuo, la sociedad de Pala busca reafirmarlo dentro de una sociedad estructurada en torno a la comunidad. Así, se anima a los hijos a abandonar la unidad familiar, airearse de las manías de sus padres y convivir durante un tiempo con otras realidades. Esto, a la postre, acaba forjando vínculos sociales más sólidos en toda la isla.

Si Huxley daba rienda suelta en Un mundo feliz a sus peores augurios sobre el futuro, La Isla ofrece una alternativa que combina lo mejor de occidente y oriente. Una propuesta autárquica con elementos probablemente salidos de episodios alucinógenos del autor. Con todo, una lectura muy interesante, contrapunto perfecto para todo el que ya haya leído Un mundo feliz.

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