Arte vs Dinero

Por Shevek de Anarres.

Para que quede claro, el objetivo de este artículo es cagarse en dios. No en el dios de la cruz y la biblia. Ese ya es historia y sólo sigue entre nosotras para disimular. Hablo del verdadero señor de todo. El Dinero, realidad de realidades, de sus numerosos templos con cajeros automáticos repartidos en nuestros barrios y de sus catedrales llamadas bolsas, donde la fe en forma de números fluctúa movida por designios inescrutables. En su nombre se destruyen selvas milenarias, bajo su ley se alzan los gobiernos, en su ausencia los pobres mueren de hambre y su abundancia permite comprar cualquier cosa.

Y sí, reconozco que soy un servidor del dinero. Yo también lo uso y estoy esclavizado a sus normas. ¿Cómo vivir si no? Precisamente porque no se puede escapar de su ley es por lo que debe ser destruido. Por mucho que sienta desprecio y odio hacia el dinero, como cualquiera he dedicado mucho tiempo a formarme para el futuro, a trabajar en curros inmundos para jefes despreciables, a pensar y pensar cómo cuadrar ingresos y gastos… ¿Qué te voy a contar, lector, si tú habrás sufrido la implacable ley del Señor, tanto o más que yo? Sin dinero, salvo respirar y hablar no se puede hacer nada, y ya empiezan a vender el aire en botes…

¿Pero qué es el Dinero? Solo dos palabras hacen falta para explicar la esencia del nuevo Dios, que es la misma que la del antiguo: Futuro y Muerte. “Si eres bueno irás al cielo. Si no, arderás en el infierno” nos decía la antigua religión, y así los nobles y reyes nos tenían sometidos, conformados con que al menos en la otra vida podríamos disfrutar del banquete celestial. La actual religión, como desarrollo del desarrollo, hace lo mismo pero mejor: ya sea un billete de cinco pavos o una acción de bolsa, poseerlo significa que podrás cambiarlo más adelante por lo que desees. ¡Con Dinero tienes Futuro! Y así, en vez de vivir como nos de la gana, de disfrutar cada momento, nos pasamos la vida haciendo cosas que no queremos para conseguir Dinero. Da igual el trabajo que sea: no lo hacemos por el placer de hacer la cosa en sí, sino por su utilidad posterior, por el Dinero que nos puede aportar. Primero estudia, luego trabaja, ahorra… ¡Lábrate un futuro! Toda la vida perdida postergando el placer, toda la vida buscando un futuro que, por definición, nunca llega. Así nos quiere el Poder, siempre trabajando, nunca disfrutando, muertos en vida, y para eso la fe en el Dinero es esencial. ¿Imagináis el día en que la gente dejara de creer en el dinero? Perdería su poder, como mucho sería papel con el que encender las estufas. Imagina tú lo que quieras, personalmente casi me parece vislumbrar el paraíso. Sin promesa de futuro no hay político, rey, jefecillo, ni abusón que pueda comprar y armar a los cobardes para someter a los débiles.

Si el Dinero toca el amor lo convierte en prostitución o en matrimonio (que es una unión económica); si toca a un joven en su mejor edad lo convierte en esclavo o asalariado; si toca un fértil valle lo convierte en tierra parcelada y sobreexplotada; si toca un pueblo feliz lo divide en palacios habitados por familias opulentas, rodeados de barriadas miserables donde el hambre acosa a los mansos y la prisión o el patíbulo a los rebeldes.

¿Y qué pasa cuando el dinero toca el arte? Lo convierte en Cultura.

Esa Cultura subvencionada con premios y presupuestos, pone arriba a los más hábiles o listos, con más o menos imparcialidad, pero siempre con una premisa: que no haga daño de verdad al régimen del Dinero. Si de verdad tu creación ataca al Estado o al Capital, si ataca la fe en el futuro, nunca será premiada ni promocionada, y por supuesto será mucho más difícil que se vea entre la balumba inmensa de arte sumiso, que prolifera como nunca antes había sucedido a lo largo de la historia.

Muchos ejemplos se pueden poner comparando dos creaciones: una, mediocre, alzada por los medios a lo más alto; frente a otra mucho mejor, pero olvidada por los medios y premios, por ser más rebelde, alegre, o en fin, poco conveniente con los valores del Poder.

Creo que la alegría es también revolucionaria. ¿Qué puede haber más subversivo que una risa inesperada, o un baile frenético? ¿Un buen polvo? No lo verás en el cine oficial. Decía Agustín García Calvo que la alegría es completamente indigerible por el Poder. Así me gusta el arte y así me sale: alegre y combativo. Justo lo contrario que el deprimente y violento cine y la música con que se nos bombardea constantemente desde los medios del Poder.

Muy a menudo me cazo pensando cuántas visitas tendrá mi blog, planeando el beneficio de la publicidad en mis juegos, fantaseando con poder vivir de mis creaciones, o ideando planes para promocionarme como creador… En esos momentos soy un siervo del Dinero, y todo lo que salga de mí será por fuerza algo sometido, muerto, inofensivo, aburrido.

Pero a veces, sólo a veces, percibo el mundo sin necesitar interpretarlo con pensamientos, me libero de cualquier objetivo personal (dejo de trabajar) y empiezo a disfrutar de veras. La alegría del ahora me posee a la vez que el futuro y el pasado dejan de tener poder sobre mí. A medida que voy entrando en trance, mis pensamientos se ralentizan o se detienen por intervalos de posesión creativa, y el placer que siento es comparable al mejor orgasmo. Ese estado de gracia, ese éxtasis creativo, tan escaso como deseado por artistas de todas las épocas, surge desde un estado de no pensamiento. Paradójicamente los resultados son mucho mejores (menos mediocres) que cuando mi mente tiene el control todo el tiempo. Los pensamientos nos alejan del ahora, se lamentan por el pasado o se preocupan del futuro. ¿Para crear arte verdaderamente revolucionario, contrario al Dinero-Futuro, habrá que provocar un estado de no pensamiento en el receptor? ¿Y eso cómo se hace? Si tu sabes cómo se hace, por favor, dímelo. O mejor aún, solo detén mis pensamientos.

 

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