Por Aaron Jamet

 

Este remix es como una exploración del drum & bass más allá de la electrónica e incluyéndola. Tortuoso y fluctuante es el camino.
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Por Shevek de Anarres.

Para que quede claro, el objetivo de este artículo es cagarse en dios. No en el dios de la cruz y la biblia. Ese ya es historia y sólo sigue entre nosotras para disimular. Hablo del verdadero señor de todo. El Dinero, realidad de realidades, de sus numerosos templos con cajeros automáticos repartidos en nuestros barrios y de sus catedrales llamadas bolsas, donde la fe en forma de números fluctúa movida por designios inescrutables. En su nombre se destruyen selvas milenarias, bajo su ley se alzan los gobiernos, en su ausencia los pobres mueren de hambre y su abundancia permite comprar cualquier cosa.

Y sí, reconozco que soy un servidor del dinero. Yo también lo uso y estoy esclavizado a sus normas. ¿Cómo vivir si no? Precisamente porque no se puede escapar de su ley es por lo que debe ser destruido. Por mucho que sienta desprecio y odio hacia el dinero, como cualquiera he dedicado mucho tiempo a formarme para el futuro, a trabajar en curros inmundos para jefes despreciables, a pensar y pensar cómo cuadrar ingresos y gastos… ¿Qué te voy a contar, lector, si tú habrás sufrido la implacable ley del Señor, tanto o más que yo? Sin dinero, salvo respirar y hablar no se puede hacer nada, y ya empiezan a vender el aire en botes…

¿Pero qué es el Dinero? Solo dos palabras hacen falta para explicar la esencia del nuevo Dios, que es la misma que la del antiguo: Futuro y Muerte. “Si eres bueno irás al cielo. Si no, arderás en el infierno” nos decía la antigua religión, y así los nobles y reyes nos tenían sometidos, conformados con que al menos en la otra vida podríamos disfrutar del banquete celestial. La actual religión, como desarrollo del desarrollo, hace lo mismo pero mejor: ya sea un billete de cinco pavos o una acción de bolsa, poseerlo significa que podrás cambiarlo más adelante por lo que desees. ¡Con Dinero tienes Futuro! Y así, en vez de vivir como nos de la gana, de disfrutar cada momento, nos pasamos la vida haciendo cosas que no queremos para conseguir Dinero. Da igual el trabajo que sea: no lo hacemos por el placer de hacer la cosa en sí, sino por su utilidad posterior, por el Dinero que nos puede aportar. Primero estudia, luego trabaja, ahorra… ¡Lábrate un futuro! Toda la vida perdida postergando el placer, toda la vida buscando un futuro que, por definición, nunca llega. Así nos quiere el Poder, siempre trabajando, nunca disfrutando, muertos en vida, y para eso la fe en el Dinero es esencial. ¿Imagináis el día en que la gente dejara de creer en el dinero? Perdería su poder, como mucho sería papel con el que encender las estufas. Imagina tú lo que quieras, personalmente casi me parece vislumbrar el paraíso. Sin promesa de futuro no hay político, rey, jefecillo, ni abusón que pueda comprar y armar a los cobardes para someter a los débiles.

Si el Dinero toca el amor lo convierte en prostitución o en matrimonio (que es una unión económica); si toca a un joven en su mejor edad lo convierte en esclavo o asalariado; si toca un fértil valle lo convierte en tierra parcelada y sobreexplotada; si toca un pueblo feliz lo divide en palacios habitados por familias opulentas, rodeados de barriadas miserables donde el hambre acosa a los mansos y la prisión o el patíbulo a los rebeldes.

¿Y qué pasa cuando el dinero toca el arte? Lo convierte en Cultura.

Esa Cultura subvencionada con premios y presupuestos, pone arriba a los más hábiles o listos, con más o menos imparcialidad, pero siempre con una premisa: que no haga daño de verdad al régimen del Dinero. Si de verdad tu creación ataca al Estado o al Capital, si ataca la fe en el futuro, nunca será premiada ni promocionada, y por supuesto será mucho más difícil que se vea entre la balumba inmensa de arte sumiso, que prolifera como nunca antes había sucedido a lo largo de la historia.

Muchos ejemplos se pueden poner comparando dos creaciones: una, mediocre, alzada por los medios a lo más alto; frente a otra mucho mejor, pero olvidada por los medios y premios, por ser más rebelde, alegre, o en fin, poco conveniente con los valores del Poder.

Creo que la alegría es también revolucionaria. ¿Qué puede haber más subversivo que una risa inesperada, o un baile frenético? ¿Un buen polvo? No lo verás en el cine oficial. Decía Agustín García Calvo que la alegría es completamente indigerible por el Poder. Así me gusta el arte y así me sale: alegre y combativo. Justo lo contrario que el deprimente y violento cine y la música con que se nos bombardea constantemente desde los medios del Poder.

Muy a menudo me cazo pensando cuántas visitas tendrá mi blog, planeando el beneficio de la publicidad en mis juegos, fantaseando con poder vivir de mis creaciones, o ideando planes para promocionarme como creador… En esos momentos soy un siervo del Dinero, y todo lo que salga de mí será por fuerza algo sometido, muerto, inofensivo, aburrido.

Pero a veces, sólo a veces, percibo el mundo sin necesitar interpretarlo con pensamientos, me libero de cualquier objetivo personal (dejo de trabajar) y empiezo a disfrutar de veras. La alegría del ahora me posee a la vez que el futuro y el pasado dejan de tener poder sobre mí. A medida que voy entrando en trance, mis pensamientos se ralentizan o se detienen por intervalos de posesión creativa, y el placer que siento es comparable al mejor orgasmo. Ese estado de gracia, ese éxtasis creativo, tan escaso como deseado por artistas de todas las épocas, surge desde un estado de no pensamiento. Paradójicamente los resultados son mucho mejores (menos mediocres) que cuando mi mente tiene el control todo el tiempo. Los pensamientos nos alejan del ahora, se lamentan por el pasado o se preocupan del futuro. ¿Para crear arte verdaderamente revolucionario, contrario al Dinero-Futuro, habrá que provocar un estado de no pensamiento en el receptor? ¿Y eso cómo se hace? Si tu sabes cómo se hace, por favor, dímelo. O mejor aún, solo detén mis pensamientos.

 

Por Armando Guerreiro

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Grandes zurullos que nos alegran la vida, películas tan asquerosas que nos da vergüenza decir que nos gustan y que nos hacen felices en secreto. No voy a dar nombres para no sembrar la polémica pero hay verdaderos tesoros recubiertos de caca esperando para darte amor. Todos escuchamos alguna vez lo típico de “no, es que lo mío es el cine de autor”. Claro, bien. Pero bueno, no todos los días son para comer sano, colega. La basura nutre partes del cerebro escondidas de las que nadie se acuerda. Son películas que podría haber guionizado un mono con peluca, interpretadas por actores que no vas a volver a ver en tu vida. Cine con la única pretensión de rellenar huecos en la televisión. Encontrar una peli de éstas y que te haga vibrar es como que te toque el billete dorado de Willy Wonka. No te lo esperabas, nunca hubieses dado un duro por ella pero, finalmente, parece que alguien la hizo especialmente para ti. Profetas mormones yankis muy pedófilos, vecinos mala sombra, amantes desquiciados, Indianas Jones de garrafón… Yo qué sé, basura en general, bazofia de la buena. Todos tenemos alguna película asquerosa hecha a nuestra medida. ¡Vivan las películas de mierda!

Por Carlos Sastre

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Hubo un tiempo, hace ya unos años, en que me dio por aprender sobre desarrollo, intentando entender por qué algunas sociedades prosperan mientras otras parecen abocadas al perpetuo fracaso. Para ser sincero, no saqué demasiado en claro, pero por el camino me topé con el maravilloso mundo de las utópías y distopías. Un ejercicio de ficción en el que se presenta la mejor y la peor sociedad imaginable. Aunque hace ya un tiempo que abandoné esos géneros, sigo encontrando algo fascinante en esos futuribles de pesadilla y esos presentes idealizados. Por mis manos pasaron clásicos de la distopía como 1984 de George Orwell, o Un mundo feliz de Aldous Huxley. También alguna ucronía, como El hombre en el castillo (donde la premisa es que el Eje ganó la guerra mundial y el territorio estadounidense se ha repartido entre Alemania y Japón).

Y también me topé con La Isla, una obra menos célebre (o eso creo) de Aldous Huxley. Se trata de su última publicación en vida y la culminación de su pensamiento acerca del devenir de la modernidad. Si Un mundo feliz nos presenta una sociedad decadente y banal, La Isla trata de una utopía imposible. El imaginario reino de Pala es un territorio insular situado en algún lugar de la Polinesia, que camina ajeno a la vorágine del crecimiento económico de posguerra. En su lugar, la política nacional está dedicada a permitir a cada individuo su autorrealización, en una sociedad regida por un pastiche a caballo entre el espiritualismo budista y el anti-materialismo. Una espiritualidad cuya exploración se incentiva a través del consumo de alucinógenos (Huxley era un ávido consumidor de LSD y otras drogas como el peyote, y escribió sobre ello en “Las puertas de la percepción”). Este uso de las drogas para el autoconocimiento contrasta con el fin alienante que tenía el soma, la droga de control social distribuida en Un mundo feliz.

Acechada por poderosas potencias continentales que anhelan sus recursos (Pala cuenta con grandes reservas de petróleo), la isla ha elegido voluntariamente detener su industrialización, tomando solamente aquellos elementos de la modernidad que le resultan convenientes, y desechando el resto (utilizan, por ejemplo, los últimos avances en medicina y nutrición). En palabras de uno de los protagonistas de la novela Robert MacPhail: “Elegimos adaptar la economía y la tecnología al ser humano, y no al revés”. En este sentido, la sociedad ha elegido, asimismo, controlar la natalidad, a través de la distribución de anticonceptivos de uso voluntario, para adaptar su crecimiento a la disponibilidad de sus recursos. Practican también un tipo de eugenesia, aplicando la inseminación artificial para seleccionar los mejores genes de la isla y mejorar las capacidades de las nuevas generaciones. Algo parecido ocurría ya también en Un mundo feliz, pero con un cariz más oscuro. La concepción se realizaba en laboratorios, eliminando cualquier cariz afectivo y seleccionando los genes de los individuos más estúpidos y enfermizos. El objetivo: crear seres humanos de corta vida, reemplazables y sin más inquietud que la búsqueda del placer.

Igual que en la distopía de Huxley, el concepto tradicional de familia también se difumina en Pala. Pero en vez de buscar la eliminación del individuo, la sociedad de Pala busca reafirmarlo dentro de una sociedad estructurada en torno a la comunidad. Así, se anima a los hijos a abandonar la unidad familiar, airearse de las manías de sus padres y convivir durante un tiempo con otras realidades. Esto, a la postre, acaba forjando vínculos sociales más sólidos en toda la isla.

Si Huxley daba rienda suelta en Un mundo feliz a sus peores augurios sobre el futuro, La Isla ofrece una alternativa que combina lo mejor de occidente y oriente. Una propuesta autárquica con elementos probablemente salidos de episodios alucinógenos del autor. Con todo, una lectura muy interesante, contrapunto perfecto para todo el que ya haya leído Un mundo feliz.

Por Jorge Casas

Nota: este artículo no tenía pensado ser escrito, pero por algún lado tenía que salir.

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Me llamo Jorge Casas Estévez y tengo veintiocho años. También soy idiota. Tan
idiota como para que después de dos días de documentación y redacción haya
decidido borrar un artículo y escribir otro para dar la murga. Y todo porque me
siento viejo. Me acerco a los treinta años y cada vez cuesta más echar la vista hacia
atrás. Pero al mismo tiempo sigo teniendo mucho futuro por delante y me siento
confuso.

En un post anterior, mi compañero Sergio Llauger explicaba como repasar su
filmoteca le servía para despertar emociones. Tras leerlo, reflexioné acerca de mis
preferencias artísticas y su razón. Concluí que muchas de mis experiencias como
consumidor y espectador dependen de mi estado de emoción y capacidad de
identificación. Si me gustó aquel concierto de Bob Dylan en el Ifevi fue porque
acudí con la chica que me gustaba y nos abrazamos escuchando Like a Rolling
Stone. Si prefiero a Spiderman que a Batman es porque me identifico más con un
chaval que pasa apuros en el instituto que con un millonario psicópata.

Mi artículo inicial trataba sobre Stone Juction y como reventaba las normas de la
novela de formación. Éste género, que trata sobre la evolución y formación de un
personaje, nace oficialmente con Los Años de Aprendizaje de Wilhelm Master, de
Wolfgang Goethe pero no es difícil ver embriones en la novela picaresca o algunos
mitos griegos. A día de hoy es la columna vertebral de la narración de historias.
Pensad en sagas juveniles como Los Juegos del Hambre o Harry Potter. Seguimos
consumiendo el mismo modelo de historias milenio tras milenio y es porque no
hemos cambiado nada. Seguimos siendo monos confusos buscando calor, tan solo
que esta vez pantallas y no en hogueras.

En el inicio del artículo os comenté que me sentía viejo. Pero me siento viejo en
términos temporales. En mi fuero interno, sigo teniendo las mismas
preocupaciones y emociones que en secundaria. No me preocupa suspender un
examen, pero sí alcanzar el mínimo de ventas en mi trabajo. Las paredes de mi
intestino siguen sonando igual al cagarme de miedo y ansiedad. Y por lo mismo
sigo teniendo miedo al futuro. No me preocupa no llegar a la universidad, pero sí no
poder pagar el alquiler. Heráclito se equivocó. Nada cambia, todo permanece.

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Por Darío Gómez González

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Present Tense de Sagittarius, es uno de los discos que más me ha marcado y más veces he escuchado en mi vida. Esta obra es fruto de la alineación de dos estrellas de la música, los cantantes, compositores y productores estadounidenses Gary Usher y Curt Boettcher.

Gary Usher había trabajado en Los Ángeles, California, escribiendo letras para artistas como los Beach Boys, Frankie Avalon o Dick Dale y produciendo a los Surfaris, Gene Clark, los Byrds o The Peanut Butter Conspiracy. A mediados de los años sesenta Usher trabajaba para Columbia Records como productor, según él dice, ochenta horas semanales, cosa que parece un poco exagerada. Llegó a un punto en el que no pudo soportar más el peso de una función tan técnica y tanta carga de trabajo que no le dejaba expresar sus propias necesidades creativas. Entonces decidió dirigir su propio proyecto artístico, Sagittarius, inspirado en su propio signo del zodíaco.

Para ello, reunió a varios músicos de estudio asociados a Columbia Records para formar una banda, como el guitarrista y vocalista Glenn Campbell o el teclista y vocalista Bruce Johnston, que habían hecho varias giras con los Beach Boys. En el disco también participaron compositores como Lee Mallory de The Association o Sandy Salisbury, que luego reconvertiría su carrera para dedicarse a escribir cuentos para niños y por lo que sería más recordado, su novela histórica sobre una familia japonesa en EEUU durante la Segunda Guerra mundial, “Under The Blood Sun”, que sería llevada al cine.

Pero sin duda, el más brillante de todos los colaboradores de Gary Usher fue Curt Boettcher, fundador de The GoldeBriars (con sus hermanas, al empezar la universidad) y productor de The Association, dos grupos que también son muy especiales para mí. Usher conoció a Boettcher en los estudios de Columbia mientras estaba grabando a Brian Wilson. Los dos se quedaron impresionados con sus habilidades cuando, de casualidad, escucharon como producía el single “That’s The Way It’s Gonna Be” de Lee Mallory.

Circula el rumor de que el material que Boettcher estaba produciendo impresionó tanto a Brian Wilson que le hizo abandonar la música surf y el pop más ligero para empezar a crear lo que sería su obra maestra, el disco Pet Sounds. Enseguida, Usher le propuso a Boettcher formar parte de su nuevo proyecto, Sagittarius. Él accedió, y al poco tiempo de empezar a trabajar juntos se dieron cuenta de que había una afinidad especial entre los dos.

Usher estaba acostumbrado a producir música comercial para ganarse la vida, pero la necesidad creativa que le estaba brotando irremediablemente de sus entrañas conjugó muy bien con el espíritu y la sensibilidad angelical de Boettcher. Los dos tenían inquietudes musicales más allá de lo comercial. Empezaron a tomar LSD juntos con la intención de conocerse mejor a sí mismos y, junto a Boettcher, Gary Usher sintió, un gran progreso artístico y espiritual.

En el proceso creativo de Sagittarius, Curt Boettcher aportó tantas ideas que acabó componiendo seis de las once pistas del disco Present Tense y tenía una voz tan espléndida que acabaría cantando en casi todas. Tanto Usher como Boettcher compartieron el rol de productores en este disco.

Todos estos detalles históricos me parece que cuentan una historia bonita e interesante, pero ahora quisiera poner la atención en otra cosa. Este disco me ha fascinado y me ha hecho sentir las más elevadas emociones. Repetidamente me ha hecho sentir un hormigueo especial por todo el cuerpo, me ha reconfortado, me ha recompuesto, me ha hecho sentir conectado con la vida de una manera especial y me ha llevado a estados de alegría y plenitud.

Curt Boettcher y Gary Usher declararon que su intención era hacer que la música le hablase al Yo Superior de los oyentes. Creo que ha funcionado conmigo. Si he escuchado tantas veces este disco es por su capacidad que tiene para recomponerme, elevarme y hacerme sentir feliz y completo.

Si la música puede tener la facultad de hacerle esto a las personas, lo que más me interesa es saber por qué y cómo puedo encontrar el método para crear música con esta capacidad. Para eso, lo más que puedo hacer en este artículo es intentar describir los elementos del disco que más creo que tienen que ver con ésto.

El disco empieza con unas notas que recuerdan al sonido de un harpa acompañadas de un bajo sencillo y la preciosa voz de Curt Boettcher. Suena “Another Time”. La letra, acompañada de unas cuerdas frotadas que arrullan como una nana, dice frases como (y pierden un poco con la traducción, lamentablemente):

“Verás mi cara cuando no estés mirando,
y correrás hacia mí para preguntarme en qué estoy pensando.”

“Tu corazón puede cantar la música que estoy escuchando
y encontrar la manera de responder a todas las preguntas que están en mis ojos.”

“Levantarás tu cabeza y verás el cielo
que te llama a probar tus alas por fin.”

“Las palabras que ahora digo perderán su significado,
porque entonces compartiremos el amor con el que ahora sólo estoy soñando.”

“Serás la polilla que encontró la luz
pero también encontró la muerte.”

Algunos puede que no vean en “Another Time” más que unas simples canciones de amor o, como mucho, un ejercicio de cursilería existencial hippie. Yo, sin embargo, no puedo dejar de ver inspiración divina. La voz de Curt Boettcher parece que quiere ser la de un Dios benevolente con un mensaje maternal y esperanzador. Hay muchos ejemplos de esto.

La segunda canción del disco “A Song to The Magic Frog”, además de la maravillosa música, tiene este fragmento de letra:

“Fugaces con cada momento que pasa
dos gotas en el sol
cambiando nuestro viento
para que siempre tú y yo somos uno.”

Entiendo que hay una ambigüedad permanente por la cual se puede interpretar que son sólo canciones de amor. Yo estoy convencido de que es así, pero entiendo que no es amor humano terrenal, sino Amor con mayúsculas, un Amor espiritual. Estoy convencido de que Curt Boettcher quiso conectar con una voz superior que le permitiese invocar con su música lo más elevado del espíritu humano. Y con mi espíritu lo ha conseguido.

Esa ambigüedad puede estar justificada en la intención de darle a las canciones una lectura superficial en la que pudieran parecer de amor mundano, conveniente para que el público general pudiese conectar mejor con el disco y sus compañeros de Columbia viesen viable el proyecto.

Me parece, sin embargo, muy refutable cualquiera que mantenga que el disco no tiene una clara dimensión espiritual en su mensaje. Para mí lo dejan claro versos como:

“Y las un millón y tres mañanas
cambiarán los juegos ancestrales
veremos a través de nuestras miserias
y sabremos de dónde venimos.”

(The Keeper of the Games)

“Deja tu espíritu libre
enfréntate a las fuerzas desconocidas
ellas no te harán daño
[…]
crees que has encontrado cual es la Verdad
pero la Verdad es
tú no eres real.”

(The Truth is not Real)

En el zodíaco, Sagitario (el nombre del grupo) es el centauro curandero cuya inteligencia superior forma un puente entre la Tierra y el Cielo. No puede caber ninguna duda de la intención de Gary Usher y Curt Boettcher de elevar el espíritu con su música. Tampoco queda ninguna duda en mi corazón de que esta música ha elevado mi espíritu.

¿Cómo es esto posible? ¿Qué le da la música esta capacidad? Creo que hay un misterio enorme detrás de esto que todavía se escapa a nuestra comprensión. Todo lo que me gustaría como músico es poder llegar a hacer música con esta capacidad de elevar el espíritu humano. Si alguien lo siente igual; si alguien cree, como yo, que aquí hay algo importante por descubrir, me encantaría hablar con esas personas de este tema.

Muchas gracias por leerme.

Fuentes
http://albumlinernotes.com/Present_Tense.html
https://www.allmusic.com/album/present-tense-mw0000026086/credits
https://en.wikipedia.org/wiki/Sagittarius_(band)
https://en.wikipedia.org/wiki/Curt_Boettcher
https://en.wikipedia.org/wiki/Gary_Usher
https://en.wikipedia.org/wiki/Graham_Salisbury

Por Sergio Llauger

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¿Para qué sirve el cine? Esta cuestión también poda formularse de otra forma ¿Para qué sirve el arte? Pero en este artículo no quiero meterme en esos berenjenales. El cine ha servido a lo largo da su historia para muchas cosas como por ejemplo: para que Estados Unidos fortaleciese su amistad con Sudamérica (“Los tres caballeros” 1944), para publicitar el “Baby Boom” durante el franquismo (“La gran familia” 1962) o para denunciar una injusticia política (“En el nombre del padre” 1993). También podemos decir que es un mero entretenimiento, una manera de idiotizar al hijo hiperactivo y coñazo que nos da la vara todo el día hasta que le ponemos “Aladín” o “Toy Story 2” por enésima vez, aunque en la época que nos toca es mucho más fácil idiotizarlo con la consola que con una película que le pueda enriquecer y que dentro de unos quince anos recordará con sus colegas todas las escenas riquiñas de esas cintas mientras toma unos cacharros como nos pasa a todos nosotros en la actualidad.

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El objetivo del cine siempre fue muy claro. Contar una historia, sea buena o mala, divertida o aburrida, graciosa o ridícula. Siempre somos testigos de una ficción, de un reflejo de nuestra realidad, una realidad que en la mayoría de los casos mejora y por esa razón nos enamora. Y aquí está el punto al que yo quería llegar: nos enamora. Nos enamoramos de la pantalla desde el primer momento en que el cine nos hace sentir algo. Como dijo un amigo mío una vez: “¿Cómo podemos ser tan vulgares como para ser adictos a las emociones?”. En aquella ocasión él se refería al MDMA pero para el caso es lo mismo. Yo miro a mi filmoteca, por llamar de alguna manera a los cientos de películas que tengo en mi ordenador, como si entrara en una tienda de drogas, cada una de ellas me va a dar una emoción distinta. Hoy me apetece sentir nostalgia, me voy a poner “Hook” y rememorar la muerte de Rufio mientras pienso lo mágico que es vivir y lo mucho que quiero a mi padre, o prefiero pensar que estoy en un bar con mis colegas más gorilas hablando de “Like A Virgin” para luego sentir un montón de adrenalina por mi cuerpo viendo “Reservoir Dogs”, quizás debería brincar en la butaca viendo esa escena de esgrima entre Iñigo Montoya y Westley en “La princesa prometida”. Para todo esto sirve el cine, para sentir. Todos los directores de cine deberían de tener la misma máxima que tenían en la tragedia griega, llegar a la catarsis. La catarsis no es ninguna fantasmada, todos llegamos a ella en algún concierto cuando ya no sabemos que canción esta sonando pero nos movemos en el pogo compulsivamente. En el cine también lo podemos conseguir. La última película que me llevó a ella fue “Whiplash”, película con la que terminé literalmente dándome cabezazos contra la cama solamente por la intensidad de su final. Para esto sirve el cine, para hacernos flipar como si estuviésemos tomando psicodélicos. En definitiva, para sentir.

Por Armando Guerreiro

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Me acuerdo de lo bien que me lo pasé de pequeño en el cine, debajo de mi casa,
viendo”La biblia en pasta” (1984) de Manuel Summers con mi tío. ¡Cuál es mi
sorpresa al ver que este peliculón está olvidado por completo hoy en día! Y no solo
eso; es despreciado a muerte, lo ponen fatal en todas partes. He leído por ahí que
es ”la peor comedia de la época” y un tipo escribe en un blog que ni voy a nombrar
que es ”una autentica vergüenza”. Lo que es una vergüenza es que “8 apellidos
vascos” esté considerada una gran comedia y que sea la más taquillera de la
historia de nuestro cine y “La biblia en pasta” no. Por lo menos los chistes de esta
última son propios.

El director es el padre de David Summers, cantante de Hombres G, responsable de
sus dos películas “Sufre mamón”(1987) y “Suéltate el pelo”(1988). No todo el
mundo es perfecto, pero esta peli no está en el saco de lo infumable, ni mucho
menos.

En esta parodia de la Biblia el diablo es catalán, Adán es punki, el Arca de Noé tiene
limpiaparabrisas y las cebras las rayas pintadas. Está rodada con actores muy
friquis en un solar cerca del aeropuerto de Barajas y para mí es perfecta. Parece ser
que la iban a rodar en Túnez, pero no llegaron a subirse al avión.

Si algún día estás aburrido en casa échale un vistazo. Es como “La loca historia del
mundo” de Mel Brooks pero con humor cañí.

Ignorada y despreciada injustamente, no llego a comprender qué es lo que le pasó a
esta película para ser tan maltratada. Vale que no es Ciudadano Kane pero por lo
menos que se la recuerde con cariño, que es como la hicieron en su día.

Por Carlos Sastre

Ténéré, tienes mi palabra,

que mientras viva,

siempre acabaré volviendo a ti”

Sastanàqqàm – Tinariwen

Un bajo obstinado acompañado por una tenue percusión tribal suena mientras los maestros enrollan los turbantes a sus aprendices. Estos, ya dispuestos y armados con sus guitarras eléctricas, aguardan solemnes ante un mar de dunas el final del estribillo. De pronto, rompe un potente riff de guitarra que nos precipita en un viaje sobrevolando las ondulaciones del Sáhara. Estas sensaciones se agolpan la primera vez que uno ve el videoclip de Sastanàqqàm, del grupo maliense Tinariwen (en este punto, recomiendo al lector que antes de proseguir la lectura se apresure a ponerse de fondo esta canción).

Escuchar a Tinariwen es, en cierto modo, escuchar el “quejío” del pueblo tuareg (sin enterarse uno de nada, ya que el grupo canta en su lengua natal, el tamasheg). Su estilo comenzó a fraguarse durante el exilio de sus fundadores en Argelia y Libia. Edificando sobre los cimientos de su propio folklore, e influenciados por los nuevos sonidos a los que se ven expuestos – desde músicos árabes locales a James Brown o Boney M. -, comenzarían a grabar sus primeros casetes. Estos recorrerían las comunidades tuareg a través del Sáhara, viajando de mano en mano. Y conectarían de inmediato con una generación desarraigada. Y es que, a diferencia de los cánticos tradicionales, Tinariwen no escriben sobre viejos guerreros y leyendas olvidadas. Sus letras hablan de los anhelos del pueblo tuareg, de sus conflictos y de su lucha. Lucha en la que algunos de los integrantes del grupo participaron de primera mano. El líder de la banda, Ibrahim Ag Alhabib, presenció la ejecución de su propio padre durante la dura represión que el gobierno de Mali ejerció sobre los rebeldes tuareg durante los años 60. Más tarde, y tras recibir entrenamiento militar en Libia, él y otros integrantes de Tinariwen tomarían las armas en una nueva revuelta a principios de los 90. Tras firmar la paz con las autoridades malienses, el grupo cambia definitivamente la kalashnikov por guitarras, aunque hasta hoy siguen cantando sobre la tragedia de los tuareg.

Y, por supuesto, también cantan al desierto. La palabra “Ténéré” (desierto, singular de tinariwen) se repite insistentemente en los títulos de sus canciones y, para el oído atento, también en sus letras. Un desierto que siempre fue el sustento del pueblo tuareg y que hoy, en palabras de Tinariwen, “se ha convertido en una tierra de espinas”.

Tinariwen no son, desde luego, unos desconocidos. Por el contrario, desde principios de este siglo gozan de amplia popularidad y de una ajetreada agenda de conciertos. Pero sigue habitando en ellos la semilla de lo auténtico. Su sonido entronca directamente el folklore tuareg con los orígenes del blues, el rock and roll y Jimi Hendrix. Los “roqueros del desierto”, como se ha empeñado en bautizarlos la prensa occidental, llaman a su estilo assouf, nostalgia en tamasheq. Nostalgia por un estilo de vida que poco a poco se esfuma, y por un desierto al que siempre acaban regresando.